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19 sept. 2012

Generaciones......

La generación de los pucheros 

 Dejad de lloriquear, joer!!!


No es lo mismo una espera en Ryanair que una cola a las puertas de un insalubre y sádico matadero de Chicago de los que aparecen en la novela La Jungla, de Upton Sinclair. Tampoco son lo mismo Los lloros por el IVA aplicado sobre la hamburguesa de tofu del bar barcelonés Federal que Las uvas de la ira que sintió la familia de Tom Joad en la novela de Steinbeck (“Se ve cómo crece la ira en los ojos de los hambrientos. Y en sus almas se hinchan y maduran las uvas de la ira”; las uvas como metáfora de otras cosas, de tamaño y forma similar, que se le pueden inflar al hombre que nada tiene). Del mismo modo, no es lo mismo ser un protagonista de una novela de Zola que de un capítulo de la serie Girls (una escena: Lena Dunham recibe la patada de su faena no retribuida como becaria de la editorial neoyorquina que publica a Tao Lin; se toma una infusión cargadita de opio y gimotea hasta las cejas y ante sus padres con el fin de suplicar más dinero para acabar los escritos que la convertirán en LA voz de su generación, o, al menos, “en UNA voz de mi generación”). Y, sin embargo, los lagrimales de los posadolescentes que aún no han alcanzado aún los 35 años tienen llagas por el exceso de lloriqueo.
Meredith Haaf les grita a los componentes de esta camada gimoteante: Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos, en un ensayo sociopop, una especie de ¡Indignaos! antihipster y bien escrito, que verá la luz en octubre con el sello Alpha Decay. Y lo hace desde el yo, consciente de que ella es una alemana (en España los parados menores de 25 años ascienden a un 52, 1%, ante el 7,9% de los teutones) que frecuenta ambientes modernos, si bien más politizados que los de la serie de Dunham para la HBO.
Esta autora nacida en 1983 parece partir de la idea de ensayo de Montaigne (“Si la gente se queja de que hable demasiado de mí, yo me quejo de que ellos ni siquiera piensen en sí mismos” y “Como la letra pequeña daña y agota más la vista, así los pequeños asuntillos son los que más nos molestan”, en Sobre la vanidad y otros ensayos). Así que de forma honesta pasa un lúcido escáner después de hablar con su círculo de amistades sobre las zozobras que desatan sus pucheros.
"La 'Generación Perdida'  en definitiva, es una generación desnortada y, por encima de todo, “triste”.
Una generación que se ha dado en llamar Generación Perdida, un nombre con ecos literarios y del Crack del 29 quizás no demasiado acertado pero sí descriptivo, que se caracteriza por la autocomplaciencia, el escaso interés por la vida pública y política inmediata, la charlatanería de vendedor de feria puesto de anfetas, la rebeldía consumista hipster, la nostalgia prematura, el narcisismo exhibicionista, el exceso de información y la firme convicción de que abrazar la edad adulta no es cosa suya. Una generación, en definitiva, desnortada y, por encima de todo, “triste”.
Un segmento de edad que encontraría su epítome y reducción al absurdo en las lastimeras declaraciones del también veinteañero Cristiano Ronaldo. Las mansiones, los bólidos, los bíceps, la novia quitahipos y los millones no le ahorran su críptica tristeza de príncipe angustiado. Un grupo de jóvenes que encuentra las mismas dificultades para bautizarse que muestran los personajes de la novela de Ben Brooks Crezco en este hilarante diálogo:

- Vale, entonces somos la Generación Capullo.
- Sea cual sea, me parece que no formamos parte de ella.
- ¿Qué? ¿Por qué?
- ¿Qué porcentaje de la población mundial crees que son chicos blancos de clase media?
- La generación la componen los ricos, imbécil, claro que formamos parte de ella.
- Claro. Si no, no se le habría puesto el nombre de un grupo punk. Habría sido la Generación Malaria o algo así.
- La Generación X no se llama así por un grupo, se llama así por el libro.
- Qué va, ese libro era una puta mierda. Se llama así por el grupo.
- Mi madre dice que somos la Generación Facebook -comenta Ping.
- Uf, me encantaría follarme a tu madre."
Ante esta imposibilidad de nombrarse, esbocemos algunas propuestas repasando este útil libro-espejo.

Generación Me gusta.

Nada parece impúdico y todo está sujeto a la alabanza. El estado de Facebook “Hemorroides y hoy concierto de Pulp en el auditorio #estoesasi #mividaesdura” puede recibir una ducha de 45 ILikes. Desde que esta red social incluyera en 2009 el botón del pulgar hacia arriba, todo parece sujeto a ser jaleado y a la reacción empática. Incluso ese percance físico que hasta hace poco “se sufría en silencio”. Ahora: “Me gusta”.
No existe, si bien se organizaron plataformas para inventarlo, el botón de “No me mola un pelo” ni de “No te callas ni debajo del agua” ni de “Vaya bosta de estado”. Explica Haaf que necesitamos la aprobación de un círculo acrítico. Y que ni siquiera los más avezados en el uso de redes sociales han dejado de sentir una punzadita en las entrañas cuando constatan que una frase ingeniosa o una confesión a tumba abierta (“voy a comer helado #planazo”) triunfan en su perfil. Según la autora, esto tiene que ver con una generación crecida entre algodones (nuestros padres, los niños del baby boom, discutieron demasiado con nuestros abuelos para abrir una brecha generacional) que orilla a toda costa el enfrentamiento y, por extensión, el sentido crítico que lleva a la intención de cambio. Nadie evalúa ya a sus amigos por sus posicionamientos políticos y toda discusión es potencialmente agotadora. Una pereza y un miedo a la disensión y al conflicto que, según explica Haaf, la periodista Lara Fritzsche definió como “El triste imperio del ILike”.

- Generación Resaca.

“La luz le hacía daño, pero no tanto como mirar las cosas. Algún bichejo nocturno había utilizado su boca como letrina y luego como mausoleo. También durante la noche, se las había arreglado para participar en una carrera a campo traviesa y ser luego golpeado a conciencia por la policía secreta. Se sentía mal”, Kingsley Amis, La suerte de Jim.
“Me encuentro mal. Estoy echada en posición fetal en el sofá floreado que mis compañeros de piso encontraron”, escribe Meredith Haaf en la primera línea de su libro, si bien pronto aclara que ella arranca así su escrito pero que no esperemos un dietario que repase sus fiestas locas. Ha empezado con esta frase por una razón: la resaca le impide plantearse siquiera acudir a las protestas que se han convocado por los resultados e intenciones de la Cumbre del G20 que se celebra esos días en la ciudad en la que ella goza de una beca. La resaca como estado mental podría definir a esta generación: susceptible, paranoica, culpable, inmóvil, amnésica, incapaz de levantarse y hacer planes, sentimental, melodramática, cagueta, nerviosa y plañidera. Si bien algunos podrán alegar que esta generación sufre la resaca de todo lo que se bebió la anterior, ella se autoflagela (otro síntoma de este estado) añadiendo que nosotros también hemos vivido nuestra etapa dorada durante nuestra privilegiada infancia.

- Generación nostalgia

“Cómo somos. O sea, hemos vuelto a usar los sombreros, las cosas de nuestros padres, las gafas retro, y el bigote. Ya solo falta que se ponga de moda el teléfono fijo”, anuncio español de telefonía.
Un tal Johannes Hofer se sacó de la chistera el término nostalgia para definir lo que sentían los soldados suizos del siglo XVII cuando pasaban demasiado tiempo fuera de casa en sus empresas militares. Aquella nostalgia, con signos de histeria y bulimia, era individual y espacial: se curaba volviendo a casa. Ahora, el término es colectivo, incluso generacional, y temporal: hasta que no se inventen los Delorean difícilmente nos sanaremos.
Haaf lamenta el éxito de algunas letras de la música pop alemana que ensalzan el mundo aproblemático de la niñez o esas personitas de 21 años que lloran por su juventud. Pone como ejemplo el éxito unánime de la película Donde viven los monstruos y, en concreto, la escena del abrazo edénico: la necesidad de calor en el paraíso infantil. Habla, también, de “aplazar vilmente la entrada al trabajo” y de amigas que tras confesarles “tener más dinero ahora que cuando estudiaban” aceptan cursar otro posgrado. Una actitud en la que la autora ve sumisión ante un sistema educativo clasista. Al margen de la nostalgia por el juego Simon, el Quién es Quién, Naranjito o las zapas Kelme (traduzco a lo ibérico sus ejemplos), le preocupan esas personas que no saben quemar etapas vitales: que piensan que a los 30 años aún se puede madurar y que serán jóvenes hasta que la cirugía se lo permita. “Rich 50 is the new 38”, como dice Alec Baldwin, güisqui en mano, en la sitcom 30 Rock. La nostalgia por lo infantil impide la toma de conciencia y de responsabilidades y la autora echa en falta el relato naíf de futuro que antes se podía tener: “Ahora se asocia futuro a reducción de deuda, sostenibilidad o limitación de emisiones”. Menos atractivo que pizzas de tamaño botón, teletransportación y coches voladores, sin duda.

Generación gallina

“¿Gallina? A quién llamas gallina”, Regreso al futuro.
Evidentemente, esa promesa incumplida de futuro (salvo por lo del presidente de EE UU de raza negra) está presente en esta generación. Pero el running gag que apelaba a la valentía parece no haber hecho mella en los que la vieron de pequeños.
 Dejad de lloriquear pone el acento en las pocas agallas de la gente que la rodea (y se incluye, por suerte). Habla de una generación balbuceante y que abre los codos para caminar cloqueando pero que iza la bandera del pragmatismo y que considera ingenuo cualquier tipo de idealismo. Un grupo de jóvenes que unen con entusiasmo a un hashtag por la situación iraní pero que aceptan con sumisión cualquier exceso de su jefe y que ven la competencia como el único valor seguro en el futuro. Recuerda Haaf un copete literario en el que todos sus compañeros se dedicaron a hacer contactos mientras ella se bajaba un par de botellas de vino blanco con un amigo. “No se debate el oportunismo … optimizar y capitalizar cada gesto”, apunta sobre unos compañeros de orla a los que podría aplicar el adjetivo de “arribistas” que tanto despreciaba la generación anterior y que es seña de identidad en ésta. Solidarizarse con un compañero y no con la Primavera Árabe sería admitir que jamás tendrán las riendas de su destino (y de su carácter) y que, por tanto, deberían pasar a algún tipo de acción.
Este carácter pusilánime se filtra en la cultura pop. Es el pop beige del que suele hablar el diario The Guardian, en el que triunfan divas del neosoul que podrían calcetar con la abuela. El miedo a “no hacerlo bien” por encima del miedo a “hacerlo mal” o “aburrido”. Pero también la ausencia de posicionamiento. Ella ofrece un dato: “Sólo un 28% de los jóvenes considera la vida pública muy importante”. Una visión reaccionaria que le recuerda a la idea que promulgó la mismísima Margaret Thatcher contra la que cantaron The Smiths, Billy Bragg o The Style Council: “La sociedad no existe: sólo hay individuos y familias”.

Generación loro

“Parlotea hasta desinflarte”, campaña de Telekon.
“Eso es lo que me quitaba el sueño por la noche: esa fragmentación (…) Nunca hay un centro, nunca hay un acuerdo comunitario; sólo hay un billón de pequeñas fracciones de ruido que nos distrae. Nunca podemos sentarnos a mantener una conversación sin interrupciones; todo es basura de tercera y urbanismo de mierda. Todo lo real, todo lo auténtico, todo lo honrado, está extinguiéndose. Intelectual y culturalmente, no hacemos más que rebotar de un lado a otro como bolas de billar lanzadas al azar, reaccionando ante los últimos esstímulos”, Jonathan Franzen, en Libertad.
Esta necesidad de cháchara tiene que venir de algún lado. Esta escritora localiza algunos indicios. La irrupción del formato de los talk shows en los noventa (ignoramos la riqueza de espíritu de los equivalentes germanos de Patricia Gaztañaga y Emma García), pero también en la sobreprotección paterna. La generación del baby boom no tenía demasiada comunicación con sus progenitores, así que se esforzó en que “el niño hablara”. El inventario maquinal y cronológico de qué-ha-hecho-hoy-el-nene se ha trasladado a las redes sociales. Redacciones infantiles como “hoy hemos leído, la Lucía me ha tirado del pelo, he pintado con plastidecores, hemos dormido la siesta” se podrían insertar tal cual, incluso con la misma riqueza semántica, en las redes sociales de nuestra juventud.
También cita una campaña de telefonía en la que se invitaba al joven de pocos recursos a hablar por los codos de lo que fuera. De hacerlo hasta perder volumen y desinflarse. Conecta esa campaña, precisamente, con el exceso de comunicación, con la vigorexia informativa y de datos de la que habla Jonathan Franzen en Libertad. Una entropía que dificulta alambicar lo importante de lo tangencial. Una necesidad de crear un yo digital para proyectar una imagen que luego poder capitalizar. Meredith Haaf habla de amigos que necesitan irse al campo y que hablan de curas de desintoxicación de unas redes sociales a las que siempre vuelven, demostrando un comportamiento adictivo de tomo y lomo. Se habla de las redes sociales del mismo modo en que se parlotea sobre la cocaína, de forma centrípeta, todo vuelve siempre al mismo centro.

Generación hipster

Que las manifestaciones de la contracultura se convirtieron en la plantilla comercial de nuestra generación se puede intuir viendo anuncios de televisión o leyendo tomos como La conquista de lo cool (Alpha Decay). Haaf concluye que nuestro tiempo sólo ha creado una subcultura (más allá de las residuales vegana o queer): la hipster. Una comunidad que opta, en sus palabras, por “el vaciado de símbolos”, por la “ironía y el hedonismo” y por la optimización permanente de la propia imagen. Por una “rebelión consumista” que tiene en la elección de determinadas marcas su único síntoma de disidencia, encarnada por la generación que ecuchó en su día aquello del Fin de la historia.
“No podemos andar por la vida como cadáveres parlanchines y agotados”, arenga la autora de este panfleto bienintencionado, necesariamente aplicable a algunos sectores de la juventud, Dejad de lloriquear.

C.S. 


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