19 sept 2012

Generaciones......

La generación de los pucheros 

 Dejad de lloriquear, joer!!!


No es lo mismo una espera en Ryanair que una cola a las puertas de un insalubre y sádico matadero de Chicago de los que aparecen en la novela La Jungla, de Upton Sinclair. Tampoco son lo mismo Los lloros por el IVA aplicado sobre la hamburguesa de tofu del bar barcelonés Federal que Las uvas de la ira que sintió la familia de Tom Joad en la novela de Steinbeck (“Se ve cómo crece la ira en los ojos de los hambrientos. Y en sus almas se hinchan y maduran las uvas de la ira”; las uvas como metáfora de otras cosas, de tamaño y forma similar, que se le pueden inflar al hombre que nada tiene). Del mismo modo, no es lo mismo ser un protagonista de una novela de Zola que de un capítulo de la serie Girls (una escena: Lena Dunham recibe la patada de su faena no retribuida como becaria de la editorial neoyorquina que publica a Tao Lin; se toma una infusión cargadita de opio y gimotea hasta las cejas y ante sus padres con el fin de suplicar más dinero para acabar los escritos que la convertirán en LA voz de su generación, o, al menos, “en UNA voz de mi generación”). Y, sin embargo, los lagrimales de los posadolescentes que aún no han alcanzado aún los 35 años tienen llagas por el exceso de lloriqueo.
Meredith Haaf les grita a los componentes de esta camada gimoteante: Dejad de lloriquear. Sobre una generación y sus problemas superfluos, en un ensayo sociopop, una especie de ¡Indignaos! antihipster y bien escrito, que verá la luz en octubre con el sello Alpha Decay. Y lo hace desde el yo, consciente de que ella es una alemana (en España los parados menores de 25 años ascienden a un 52, 1%, ante el 7,9% de los teutones) que frecuenta ambientes modernos, si bien más politizados que los de la serie de Dunham para la HBO.
Esta autora nacida en 1983 parece partir de la idea de ensayo de Montaigne (“Si la gente se queja de que hable demasiado de mí, yo me quejo de que ellos ni siquiera piensen en sí mismos” y “Como la letra pequeña daña y agota más la vista, así los pequeños asuntillos son los que más nos molestan”, en Sobre la vanidad y otros ensayos). Así que de forma honesta pasa un lúcido escáner después de hablar con su círculo de amistades sobre las zozobras que desatan sus pucheros.
"La 'Generación Perdida'  en definitiva, es una generación desnortada y, por encima de todo, “triste”.
Una generación que se ha dado en llamar Generación Perdida, un nombre con ecos literarios y del Crack del 29 quizás no demasiado acertado pero sí descriptivo, que se caracteriza por la autocomplaciencia, el escaso interés por la vida pública y política inmediata, la charlatanería de vendedor de feria puesto de anfetas, la rebeldía consumista hipster, la nostalgia prematura, el narcisismo exhibicionista, el exceso de información y la firme convicción de que abrazar la edad adulta no es cosa suya. Una generación, en definitiva, desnortada y, por encima de todo, “triste”.
Un segmento de edad que encontraría su epítome y reducción al absurdo en las lastimeras declaraciones del también veinteañero Cristiano Ronaldo. Las mansiones, los bólidos, los bíceps, la novia quitahipos y los millones no le ahorran su críptica tristeza de príncipe angustiado. Un grupo de jóvenes que encuentra las mismas dificultades para bautizarse que muestran los personajes de la novela de Ben Brooks Crezco en este hilarante diálogo:

- Vale, entonces somos la Generación Capullo.
- Sea cual sea, me parece que no formamos parte de ella.
- ¿Qué? ¿Por qué?
- ¿Qué porcentaje de la población mundial crees que son chicos blancos de clase media?
- La generación la componen los ricos, imbécil, claro que formamos parte de ella.
- Claro. Si no, no se le habría puesto el nombre de un grupo punk. Habría sido la Generación Malaria o algo así.
- La Generación X no se llama así por un grupo, se llama así por el libro.
- Qué va, ese libro era una puta mierda. Se llama así por el grupo.
- Mi madre dice que somos la Generación Facebook -comenta Ping.
- Uf, me encantaría follarme a tu madre."
Ante esta imposibilidad de nombrarse, esbocemos algunas propuestas repasando este útil libro-espejo.

Generación Me gusta.

Nada parece impúdico y todo está sujeto a la alabanza. El estado de Facebook “Hemorroides y hoy concierto de Pulp en el auditorio #estoesasi #mividaesdura” puede recibir una ducha de 45 ILikes. Desde que esta red social incluyera en 2009 el botón del pulgar hacia arriba, todo parece sujeto a ser jaleado y a la reacción empática. Incluso ese percance físico que hasta hace poco “se sufría en silencio”. Ahora: “Me gusta”.
No existe, si bien se organizaron plataformas para inventarlo, el botón de “No me mola un pelo” ni de “No te callas ni debajo del agua” ni de “Vaya bosta de estado”. Explica Haaf que necesitamos la aprobación de un círculo acrítico. Y que ni siquiera los más avezados en el uso de redes sociales han dejado de sentir una punzadita en las entrañas cuando constatan que una frase ingeniosa o una confesión a tumba abierta (“voy a comer helado #planazo”) triunfan en su perfil. Según la autora, esto tiene que ver con una generación crecida entre algodones (nuestros padres, los niños del baby boom, discutieron demasiado con nuestros abuelos para abrir una brecha generacional) que orilla a toda costa el enfrentamiento y, por extensión, el sentido crítico que lleva a la intención de cambio. Nadie evalúa ya a sus amigos por sus posicionamientos políticos y toda discusión es potencialmente agotadora. Una pereza y un miedo a la disensión y al conflicto que, según explica Haaf, la periodista Lara Fritzsche definió como “El triste imperio del ILike”.

- Generación Resaca.

“La luz le hacía daño, pero no tanto como mirar las cosas. Algún bichejo nocturno había utilizado su boca como letrina y luego como mausoleo. También durante la noche, se las había arreglado para participar en una carrera a campo traviesa y ser luego golpeado a conciencia por la policía secreta. Se sentía mal”, Kingsley Amis, La suerte de Jim.
“Me encuentro mal. Estoy echada en posición fetal en el sofá floreado que mis compañeros de piso encontraron”, escribe Meredith Haaf en la primera línea de su libro, si bien pronto aclara que ella arranca así su escrito pero que no esperemos un dietario que repase sus fiestas locas. Ha empezado con esta frase por una razón: la resaca le impide plantearse siquiera acudir a las protestas que se han convocado por los resultados e intenciones de la Cumbre del G20 que se celebra esos días en la ciudad en la que ella goza de una beca. La resaca como estado mental podría definir a esta generación: susceptible, paranoica, culpable, inmóvil, amnésica, incapaz de levantarse y hacer planes, sentimental, melodramática, cagueta, nerviosa y plañidera. Si bien algunos podrán alegar que esta generación sufre la resaca de todo lo que se bebió la anterior, ella se autoflagela (otro síntoma de este estado) añadiendo que nosotros también hemos vivido nuestra etapa dorada durante nuestra privilegiada infancia.

- Generación nostalgia

“Cómo somos. O sea, hemos vuelto a usar los sombreros, las cosas de nuestros padres, las gafas retro, y el bigote. Ya solo falta que se ponga de moda el teléfono fijo”, anuncio español de telefonía.
Un tal Johannes Hofer se sacó de la chistera el término nostalgia para definir lo que sentían los soldados suizos del siglo XVII cuando pasaban demasiado tiempo fuera de casa en sus empresas militares. Aquella nostalgia, con signos de histeria y bulimia, era individual y espacial: se curaba volviendo a casa. Ahora, el término es colectivo, incluso generacional, y temporal: hasta que no se inventen los Delorean difícilmente nos sanaremos.
Haaf lamenta el éxito de algunas letras de la música pop alemana que ensalzan el mundo aproblemático de la niñez o esas personitas de 21 años que lloran por su juventud. Pone como ejemplo el éxito unánime de la película Donde viven los monstruos y, en concreto, la escena del abrazo edénico: la necesidad de calor en el paraíso infantil. Habla, también, de “aplazar vilmente la entrada al trabajo” y de amigas que tras confesarles “tener más dinero ahora que cuando estudiaban” aceptan cursar otro posgrado. Una actitud en la que la autora ve sumisión ante un sistema educativo clasista. Al margen de la nostalgia por el juego Simon, el Quién es Quién, Naranjito o las zapas Kelme (traduzco a lo ibérico sus ejemplos), le preocupan esas personas que no saben quemar etapas vitales: que piensan que a los 30 años aún se puede madurar y que serán jóvenes hasta que la cirugía se lo permita. “Rich 50 is the new 38”, como dice Alec Baldwin, güisqui en mano, en la sitcom 30 Rock. La nostalgia por lo infantil impide la toma de conciencia y de responsabilidades y la autora echa en falta el relato naíf de futuro que antes se podía tener: “Ahora se asocia futuro a reducción de deuda, sostenibilidad o limitación de emisiones”. Menos atractivo que pizzas de tamaño botón, teletransportación y coches voladores, sin duda.

Generación gallina

“¿Gallina? A quién llamas gallina”, Regreso al futuro.
Evidentemente, esa promesa incumplida de futuro (salvo por lo del presidente de EE UU de raza negra) está presente en esta generación. Pero el running gag que apelaba a la valentía parece no haber hecho mella en los que la vieron de pequeños.
 Dejad de lloriquear pone el acento en las pocas agallas de la gente que la rodea (y se incluye, por suerte). Habla de una generación balbuceante y que abre los codos para caminar cloqueando pero que iza la bandera del pragmatismo y que considera ingenuo cualquier tipo de idealismo. Un grupo de jóvenes que unen con entusiasmo a un hashtag por la situación iraní pero que aceptan con sumisión cualquier exceso de su jefe y que ven la competencia como el único valor seguro en el futuro. Recuerda Haaf un copete literario en el que todos sus compañeros se dedicaron a hacer contactos mientras ella se bajaba un par de botellas de vino blanco con un amigo. “No se debate el oportunismo … optimizar y capitalizar cada gesto”, apunta sobre unos compañeros de orla a los que podría aplicar el adjetivo de “arribistas” que tanto despreciaba la generación anterior y que es seña de identidad en ésta. Solidarizarse con un compañero y no con la Primavera Árabe sería admitir que jamás tendrán las riendas de su destino (y de su carácter) y que, por tanto, deberían pasar a algún tipo de acción.
Este carácter pusilánime se filtra en la cultura pop. Es el pop beige del que suele hablar el diario The Guardian, en el que triunfan divas del neosoul que podrían calcetar con la abuela. El miedo a “no hacerlo bien” por encima del miedo a “hacerlo mal” o “aburrido”. Pero también la ausencia de posicionamiento. Ella ofrece un dato: “Sólo un 28% de los jóvenes considera la vida pública muy importante”. Una visión reaccionaria que le recuerda a la idea que promulgó la mismísima Margaret Thatcher contra la que cantaron The Smiths, Billy Bragg o The Style Council: “La sociedad no existe: sólo hay individuos y familias”.

Generación loro

“Parlotea hasta desinflarte”, campaña de Telekon.
“Eso es lo que me quitaba el sueño por la noche: esa fragmentación (…) Nunca hay un centro, nunca hay un acuerdo comunitario; sólo hay un billón de pequeñas fracciones de ruido que nos distrae. Nunca podemos sentarnos a mantener una conversación sin interrupciones; todo es basura de tercera y urbanismo de mierda. Todo lo real, todo lo auténtico, todo lo honrado, está extinguiéndose. Intelectual y culturalmente, no hacemos más que rebotar de un lado a otro como bolas de billar lanzadas al azar, reaccionando ante los últimos esstímulos”, Jonathan Franzen, en Libertad.
Esta necesidad de cháchara tiene que venir de algún lado. Esta escritora localiza algunos indicios. La irrupción del formato de los talk shows en los noventa (ignoramos la riqueza de espíritu de los equivalentes germanos de Patricia Gaztañaga y Emma García), pero también en la sobreprotección paterna. La generación del baby boom no tenía demasiada comunicación con sus progenitores, así que se esforzó en que “el niño hablara”. El inventario maquinal y cronológico de qué-ha-hecho-hoy-el-nene se ha trasladado a las redes sociales. Redacciones infantiles como “hoy hemos leído, la Lucía me ha tirado del pelo, he pintado con plastidecores, hemos dormido la siesta” se podrían insertar tal cual, incluso con la misma riqueza semántica, en las redes sociales de nuestra juventud.
También cita una campaña de telefonía en la que se invitaba al joven de pocos recursos a hablar por los codos de lo que fuera. De hacerlo hasta perder volumen y desinflarse. Conecta esa campaña, precisamente, con el exceso de comunicación, con la vigorexia informativa y de datos de la que habla Jonathan Franzen en Libertad. Una entropía que dificulta alambicar lo importante de lo tangencial. Una necesidad de crear un yo digital para proyectar una imagen que luego poder capitalizar. Meredith Haaf habla de amigos que necesitan irse al campo y que hablan de curas de desintoxicación de unas redes sociales a las que siempre vuelven, demostrando un comportamiento adictivo de tomo y lomo. Se habla de las redes sociales del mismo modo en que se parlotea sobre la cocaína, de forma centrípeta, todo vuelve siempre al mismo centro.

Generación hipster

Que las manifestaciones de la contracultura se convirtieron en la plantilla comercial de nuestra generación se puede intuir viendo anuncios de televisión o leyendo tomos como La conquista de lo cool (Alpha Decay). Haaf concluye que nuestro tiempo sólo ha creado una subcultura (más allá de las residuales vegana o queer): la hipster. Una comunidad que opta, en sus palabras, por “el vaciado de símbolos”, por la “ironía y el hedonismo” y por la optimización permanente de la propia imagen. Por una “rebelión consumista” que tiene en la elección de determinadas marcas su único síntoma de disidencia, encarnada por la generación que ecuchó en su día aquello del Fin de la historia.
“No podemos andar por la vida como cadáveres parlanchines y agotados”, arenga la autora de este panfleto bienintencionado, necesariamente aplicable a algunos sectores de la juventud, Dejad de lloriquear.

C.S. 


La educación pública no tiene quien le escriba

La educación pública no tiene quien le escriba


No transcurre un solo día sin que los que publican sus opiniones, opinen sobre la educación pública. Ocurre lo contrario con la llamada opinión pública, cuyas opiniones acerca de la educación casi nunca ganan notoriedad ni, mucho menos, alguien interesado en publicarlas.
Es fácil observar que casi la totalidad de las opiniones que se publican sobre el estado de la educación suelen ser condenatorias y altamente críticas. Resulta sintomático que esto ocurre no sólo en los países menos desarrollados, sino también en algunos que suelen ser puestos como ejemplos o modelos a seguir en materia educativa. Básicamente, de la escuela pública se habla mal en cualquier lugar del planeta. A ella siempre le falta algo que nunca tuvo o, en el mejor de los casos, algo que ha perdido con el paso del tiempo y como consecuencia de la irresponsabilidad o la incompetencia del profesorado. Las noticias sobre educación son, casi sin excepción, malas noticias. No deja de ser cierto que esta es una característica inherente del periodismo. Generalmente, todas las noticias son malas noticias. Lo que llama la atención en el caso de la educación pública, es la unanimidad de visiones negativas que esgrimen y difunden a su respecto opinadores de los más diversos orígenes y signos políticos. Todos parecen partir de la premisa de que las cosas en la educación andan bastante mal y, seguramente, van a empeorar con el correr de los años. El debate, cuando existe (y casi nunca existe), se concentra en ligeros altercados acerca de cuáles son las recetas o fórmulas que permitirían superar esta crisis.
En suma, si algo funciona mal hay que arreglarlo y, para hacerlo, es necesario preguntarle a los que saben, no a la gente común que aparentemente no sabe nada. Los que “saben”, los que están informados, los que conocen y pueden aportarnos ingeniosas soluciones a la estructural decadencia de la educación, suelen ser hombres de negocios, políticos exitosos y casi siempre conservadores, especialistas en tendencias globales y mercados de trabajo competitivos, formadores de opinión con opinión deformada y, en algunas ocasiones, especialistas en temas educativos que abominan el trabajo que hacen los docentes en las escuelas públicas y exaltan hasta el paroxismo las virtudes de la educación privada.
Por tal motivo, es auspiciosa la publicación de los resultados de la encuesta de opinión y expectativas acerca de la educación latinoamericana llevada a cabo por Latinobarómetro a solicitud de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI).
El Roto - La opinión pública soy yo

Los méritos del estudio, basado en más de 20 mil entrevistas realizadas en 18 países del continente, son significativos. Por un lado, aporta numerosos indicadores acerca de una percepción social sobre la educación que contrasta con el sentido común ofensivo y despectivo hacia la escuela pública que suelen transmitir los que opinan públicamente sobre asuntos educativos. Como afirmábamos en este mismo periódico hace pocos días, la opinión pública no puede ser confundida con la opinión publicada.
Por otro lado, esta encuesta es parte del proceso de acompañamiento y evaluación del proyecto Metas Educativa 2021, un ambicioso compromiso asumido por los países iberoamericanos y sintetizado en una decena de grandes objetivos destinados a hacer de la educación un derecho efectivo en toda la región. Las Metas fueron asumidas como una responsabilidad común por los primeros mandatarios de todos las naciones participantes en la Cumbre Iberoamericana de Mar del Plata, dos años atrás, constituyendo un importantísimo logro político del equipo liderado por Álvaro Marchesi en la OEI. No es poca cosa que, en el marco de este acuerdo, se haya decidido saber qué opinan las sociedades latinoamericanas de su propia educación, asumiendo los riesgos del caso.
El estudio de la OEI muestra que Latinoamérica tiene una visión cautelosa acerca de la calidad de la educación pública. En una escala de 1 a 10, el promedio regional es 5,8. ¿La escuela pública funciona excelentemente bien? No, indican los encuestados. ¿Es el desastre que suelen contarnos acerca de ella? Tampoco. En suma, cualquier triunfalismo o derrotismo respecto a la escuela debe ser matizado. Las sociedades latinoamericanas parecen aceptar que la escuela no pasa por su mejor momento. Sin embargo, no por esto afirman que ella es el esperpento que suelen reflejar quienes la describen públicamente.
Este dato es especialmente relevante cuando se lo compara con la opinión acerca de la educación privada, cuya nota promedio es 6,6. Una percepción mejor que la atribuida a la educación pública, pero tampoco lo suficientemente amplia como para justificar los elogios encendidos que los formadores de opinión esgrimen cuando se trata de condenar lo público y exaltar el mercado como promesa de eficiencia e ideal de justicia y libertad. Por decirlo de una forma más clara, la escuela parece estar lejos de las expectativas que la población tiene de ella, sea pública o privada. La gente común, esa que opina por intermedio de las encuestas porque no tiene otros espacios desde donde hacerlo, considera que la educación debería mejorar. Entre tanto, no parece aceptar de buen grado la criminalización de la escuela pública y la exaltación de los supuestos méritos de la escuela privada que tanto pregonan los que hablan en su nombre. Constituye un grave error suponer que porque la opinión pública latinoamericana no es “formadora de opinión”, carece de opinión formada.
En efecto, la encuesta de la OEI contribuye a poner en evidencia la limitada influencia que la opinión publicada suele tener sobre la opinión pública.
Megáfono


Para entender mejor el asunto, le pedí a un amigo matemático que me ayudara a calcular hasta qué punto las opiniones publicadas acerca de la educación influencian potencialmente en la opinión que las personas tienen sobre la escuela pública. O sea, considerando que, hipotéticamente, cada cinco opiniones publicadas cuatro son favorables a la escuela privada y una a la escuela pública, ¿cuál debería ser la diferencia de percepción entre una y otra si la influencia de los que opinan a favor de la educación privada fuera totalmente efectiva? Si la crítica a la escuela pública tuviera un impacto directo y lineal en la percepción de las personas tienen cuando evalúan la educación privada, ésta debería haber obtenido una nota entre 8,9 y 9,3, no de 6,6. Así, la diferencia entre la evaluación de una y otra hubiera llegado a 3,5 puntos, mientras que en la encuesta realizada es cuatro veces menor: 0,77.
Los formadores de opinión que militan contra la educación pública deberían darse por enterados. A pesar de todo su arsenal de burlas y desprecios hacia la escuela de las grandes mayorías, su capacidad de convencimiento o de reclutamiento de la gente común, parece bastante limitada.
Dos conclusiones pueden derivarse de esta encuesta. Por un lado, la escuela pública no es tan mala ni la privada tan buena como se las pintan. Por otro, la gente no le cree demasiado a los que opinan públicamente en su nombre.
Como quiera que sea, y más allá de las semejanzas y diferencias entre los países, no hay dudas que, desde el punto de vista de la opinión pública, hay mucho por mejorar aún en la educación. No se trata de una mala noticia. Después de todo, una sociedad exigente con sus derechos es un síntoma de crecimiento democrático.
Así mismo, y a contrapelo de la opinión publicada, la opinión pública cree que la educación va a mejorar en los próximos años. Y no porque se vaya a privatizar. En efecto, 51% de los latinoamericanos considera que la escuela pública va a cambiar positivamente en la próxima década. Sólo 10% cree que empeorará.
PERSPECTIVAS Y CALIDAD DE LA EDUCACIÓN EN LATINOAMÉRICA

Un aspecto destacado del estudio de la OEI se refiere a las medidas prioritarias para mejorar la calidad educativa en Latinoamérica: 45% sostiene que ellas dependen de una mejoría en las instalaciones físicas de las escuelas. Se trata de una opinión bastante en sintonía con la opinión publicada: las escuelas públicas son peores que las privadas porque sus condiciones de infraestructura son también peores. La interpretación no se sustenta con la investigación educativa disponible. Las condiciones materiales de las escuelas son, sin lugar a dudas, importantes, pero no determinantes en la calidad de la educación. Un buen ejemplo de esto es Cuba, un país con limitadas condiciones de infraestructura escolar, pero con la mejor calidad de aprendizajes en el continente.
La segunda acción que debería llevarse a cabo para mejorar la calidad de la educación es la formación del profesorado. Cuestión que gana mayor relevancia asociada a la tercera medida indicada por los encuestados: mejorar los salarios docentes. Una propuesta que posee gran adhesión en países como Brasil, Nicaragua, República Dominicana, Venezuela y Argentina. Así mismo, 77% de los encuestados considera bueno o muy bueno el conocimiento que el profesorado tiene sobre los contenidos que debe enseñar; 71% afirma que es buena o muy buena su capacidad de enseñanza; y 65% tiene una opinión positiva sobre la frecuencia con que los docentes dictan sus clases. La permanente crítica que se cierne sobre el profesorado parece contrastar con una opinión pública que lo valoriza y reconoce.
Vale destacar que, aunque la encuesta no incluyó España, esta visión positiva del profesorado y de la educación pública también caracteriza a la sociedad española. Un estudio revelado recientemente por este periódico muestra que la enseñanza pública es la segunda institución más confiable del país, después de los médicos. Los bancos y los partidos políticos figuran en último lugar, la Iglesia Católica en décimo. A pesar de todo lo que se machaca contra la escuela pública y el profesorado, las sociedades parecen mas cautelosas y, especialmente, respetuosas del trabajo que realizan los centros educativos.
La encuesta de la OEI tuvo una amplia difusión en Latinoamérica, aunque buena parte de los periódicos y las agencias de información destacaron su lado negativo y crítico. Diversos medios aprovecharon la oportunidad para hacer irrelevantes listas comparativas, ocultando o silenciando datos significativos y, especialmente, esperanzadores. Una tendencia que refuerza las observaciones aquí realizadas y que nos alerta sobre la necesidad de no confundir la opinión de la gente común con la de aquellos que opinan en su nombre. También, sobre la importancia de mirar a la escuela pública con un poco más de respeto.
La opinión pública y la publicación de opiniones son territorios en disputa. Reconocer los méritos que la sociedad identifica en la escuela pública no significa que debamos conformarnos con el estado actual de nuestros sistemas escolares ni, mucho menos, jactarnos de conquistas democráticas que aún no hemos alcanzado. El derecho a una escuela pública de calidad es aún una deuda pendiente en casi toda América Latina. Sin embargo, debemos evitar que la crítica democrática a un aparato estatal que ha demostrado ser ineficiente y casi siempre reactivo a los derechos ciudadanos, no se confunda con el canto de sirenas que entonan los que hacen de la crítica a la educación una coartada para la privatización de la escuela pública. En Latinoamérica han habido avances políticos significativos y así parecen reconocerlo quienes responden esta encuesta. Avances que abren una perspectiva de esperanzas y anhelos. En definitiva, nunca está demás destacar que en esa escuela pública de todos los días, con sus limitaciones y condicionalidades, pero con un enorme potencial democrático, se teje el destino de nuestros países.

C.S.

Spain is diferent !!!

Si es usted jubilado y el Gobierno le dice:
 -      que le sube los impuestos,
 -      que tendrá que pagar por las consultas médicas,
 -      que ya no puede haber ayudas sociales o para la dependencia,
 -      que ya no hay una plaza en una Residencia pública para usted

 ¿Qué hacer? ¿No le llega su pensión? No se desespere.
Los jubilados tenemos un plan:
 -      Cada ciudadano de más de 65 años deberá comprar una pistola y 4 balas
 -      Se le permitirá disparar a 4 políticos
 -      No es necesario matarlos (aunque ya puestos no habría que desperdiciar munición)

 Naturalmente, esta circunstancia le enviará a prisión, donde usted tendrá:
 -      Régimen de pensión completa: tres comidas al día, techo, calefacción central..
 -      Seguirá cobrando su pensión
 -      Derecho de vis a vis una vez a la semana (le visitarán sus familiares lo mismo que hasta ahora)
 -      Todos los cuidados y consultas médicas gratuitas que requiera
 -      ¿Dentadura nueva? Dicho y hecho, ¿Gafas? Genial, ¿Una cadera nueva, rodillas, lo que sea?. Sin problemas
 -      Gimnasio, sala de juegos e Internet gratis
 -      Todo cubierto. Sin costes, sin impuestos.

 ¿Y quién le pagará todo esto? El Gobierno. El mismo Gobierno que le dijo que:

 -      que le tenía que subir los impuestos,
 -      que tendría que pagar por las consultas médicas,
        que tendría que pagar un euro por receta
 -      que ya no podría haber ayudas sociales para usted
 -      que ya no podía ofrecerle una plaza en una Residencia pública para usted

 Usted solo deberá preocuparse de invertir bien su pensión para cuando salga...que
 según las leyes de nuestro país y como usted tan solo ha matado a alguien. será muy pronto.

 Este país es genial..¿o no?

Carlos Sanz

18 sept 2012

Summum


Maria Schneider y Marlon Brando.

 
La literatura y el cine, diálogos que son lírica en boca. El sadismo llevado al summum, en una de las escenas más asquerosamente románticas y poéticas, que salta del papel a la gran pantalla. Marlon Brando y María Schneider interpretan en «El último tango en París» un cuadro ilustrativo de lo que puede llegar a significar las promesas ciegas por la pasión que se realizan un hombre y una mujer en el clímax del acto sexual. Reproduzco debajo de la foto el diálogo al que me refiero:






-Voy a buscar un cerdo. Voy a traer un cerdo para que te haga el amor y quiero que el cerdo te vomite en la cara, y tú te tragues su vomitera. ¿Lo harás por mí?
-Sí, sí.
-Quiero que el cerdo se muera mientras tú le haces el amor y que tengas que ir detrás de él enganchada oliendo a sus pedos de cerdo moribundo. ¿Harás todo eso por mí?
-Sí, más aún y peor.


La tragedia que a veces llega con el insulto es la que hace que la idoneidad y el idealismo anterior adquieran con un lenguaje soez el verdadero destino que dicta el romanticismo, nos referimos a la muerte. Y es que la película de Bertolucci finaliza con el asesinato de la mujer protagonista a cargo de su amante. Sin ir más lejos Joaquín Sabina en su canción «Contigo», que recogimos en «El Duelo» también da buena cuenta del tráfico final que se avecina cuando escribe: «Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres / porque el amor cuando no muere mata / porque amores que matan nunca mueren». Además de esto, aquí un soneto del cantante asquerosamente romántico:


«En horas de oficina»


La sexi star de anonima vagina
folla con la rutina de las putas,
come pollas en hora de oficina,
gana mas en propinas que en minutas.
Se engaña usted si empaña lo que digo,
patrona de las pajas del poeta,
en nombre del deseo te bendigo,
menos tuvo Romeo con Julieta.
¿que seria de mi sin ese culo
que profana la ley del disimulo
conyugal cuando el sexo es un adorno?
Convicto de ascensores sin salida,
duermo mejor despues de una corrida
en los hoteles con canales porno.

30 may 2012

Humores

Para gustos, los humores



¿El humor es síntoma de inteligencia? 
Depende, porque alguien haciendo bromas sobre pedos o chistes racistas no parecería particularmente inteligente. Sin embargo, alguien con una fina ironía sería capaz de ganarse la admiración en cualquier reunión social ¿El humor es una forma de caer simpático? Depende, porque si en tu primera cita alguien empieza a hacer chistes de penes seguramente se convierta también en tu última cita con esa persona.
El humor tiene varias clases que, según algunos, se relacionan con colores. Hay tipologías que concuerdan, otras que citan humores que jamás habrás escuchado… la cuestión es que hay cosas que a unos les hacen gracia y a otros no. Y claro, cada cosa tiene sus características. ¿Quieres saber qué humor va contigo?
Humor amarillo. Éste es el más típico, el que más ejemplos tiene a nuestro alrededor. O al menos del que más ejemplos se me ocurren, así que será cosa de que va conmigo. Es el más ácido, en ocasiones sarcástico o cínico. Aquí caben desde ‘Los Simpson’ a ‘House’, con una enorme escala en medio. Los monologuistas en general encajan bien aquí.


Humor blanco. Esto puedes verlo sin problemas. El humor blanco agrada hasta a la gente más sensible porque no se mete con nadie ni insulta veladamente a colectivo alguno. Los programas de recopilaciones de vídeos, o los niños haciendo cosas graciosas son buenos ejemplos. Hay que ser un desalmado para no sonreír con este vídeo. Aunque posiblemente haya que ser un desalmado para grabar a tu hijo haciendo esto y subirlo a YouTube. Si en unos años te aparca en un asilo no te quejes.


Humor azul. Es un humor raro, el que se usa para adular a alguien. Realmente no sé si el ejemplo que incluyo entraría bien aquí, porque el protagonista es Buenafuente, artista de la ironía, y fue el monólogo de homenaje tras el fallecimiento de su amigo, el también humorista, Pepe Rubianes.


Humor negro. Es posiblemente el más ofensivo, el que se burla de la muerte, las enfermedades o de cualquier ser generalmente indefenso con especial crueldad. Hace gracia en parte por lo absurdo del planteamiento. Si viendo este vídeo te ríes es que va contigo. Si te ofendes, más bien no. Aviso: son chistes ofensivos, así que si ves posible que te ofenda, ahórrate el trago y ahórranos las críticas.


Humor seco. Es ese en el que quien cuenta el chiste lo hace hablando en serio. O al menos lo finge. Señores de gesto serio diciendo cosas mientras los otros se ríen, toda una escuela. Pero como en toda escuela, siempre hay un maestro: Eugenio.


Humor absurdo. El rollo posmoderno que tanto gusta. Los fans de este humor deben mucho a los Monty Python, pero en España hemos tenido también sus versiones. De más a menos inteligentes estarían Chiquito de la Calzada, Muchachada Nui y otro maestro, Gila. Las películas también tendrían una grabación similar, desde las de Leslie Nielsen (y sucedáneos) hasta la grandiosa ‘Top Secret’: un mito.


Humor bruto. Otra ración de ofensas. Chistes machistas, chistes sexistas, chistes que ofendan a cualquier colectivo son bienvenidos en este indeseable rincón. Aunque no lo confesemos, todos nos hemos reído con alguno, la cuestión es encontrar el colectivo adecuado… y tener sentido del humor. Para romper con los tópicos, un monólogo de Eva Hache metiéndose con los hombres.


Caricatura. Hay quien se dedica a imitar a otros, caricaturizarles y estirar a sus personajes hasta la parodia. Martes y 13, por ejemplo, eran expertos. O José Mota, con su grandiosa imitación de Rubalcaba en la última gala de Nochevieja. Pero yo me quedo con un clásico.


Humor marrón. Le llaman así por motivos obvios, aunque el común de los mortales lo conocemos como humor escatológico o, si no eres un tipo versado como el que suscribe, “sal gorda” para los amigos. Es toda aquella broma basada en cosas que suelen dar asco. Hay un montón de ejemplos, pero ‘Padre de familia’ es un buen exponente. Si te divierte es que va contigo, si te da ganas de vomitar, pues no. Si acabas de comer por si acaso no lo veas, no vaya a ser que…


Humor verde. Este seguro que lo conoces. Es el relacionado con el sexo, y le separa una fina línea de lo escatológico en algunos casos. Advertencia: no es que tengas que excitarte con los chistes, esa no es la finalidad. La idea es que te rías con lo que dicen. Un buen ejemplo es un vídeo de Chivi, un cantautor de temática sexual. Si te ríes y empiezas a buscar su discografía en Spotify es que te gusta. Si paras en el  segundo verso porque te parece una barbaridad, va a ser que no. Si tienes una profunda vocación religiosa o crees que un calendario de Pirelli es una ofensa casi mejor que no le des al play. Quien avisa…

Carlos Sanz

la rana cocida

La rana cocida


Unos investigadores metieron una rana dentro de una cazuela de agua fría. Dicho recipiente, se colocó sobre un quemador en el que la temperatura iba subiendo poco a poco. Como el cambio de temperatura se fue produciendo lentamente, la rana murió al hervir el agua. Podría haber saltado e la cazuela en cualquier momento. Pero el cambio ambiental se produjo tan lentamente que el animal no emitió ninguna señal de supervivencia y le sobrevino la muerte.

Entonces se hizo otro experimento con otra rana. Con el fin de contrastar los resultados y poder llegar a alguna conclusión: se metió a la rana dentro de la cazuela, cuando ya el agua estaba en ebullición, el animal saltó fuera y así sobrevivió.

La analogía con el mundo de la empresa es clara:

Hay organizaciones (o mejor dicho personas dentro de las organizaciones) que no responden adecuadamente a los sucesos que acontecen en su ambiente y que, además, no lo hacen con el tiempo suficiente para evitar situaciones catastróficas. Y se convierten en “ranas cocidas”.

Os animáis a responder a la siguiente pregunta?:

¿Qué se tendría que hacer de diferente en las empresas (las personas en una empresa) para que no se conviertan en ranas cocidas?
 
Carlos Sanz
 
 

lider-hazlo

Fábula: la esencia del liderazgo:

El aprendiz consiguió llegar justo a tiempo de la clase. Tenía las mejillas enrojecidas por la carrera y el corazón le latía fuertemente. El tema del día era el Liderazgo Influyente.

El Aprendiz preguntó: ¿Qué es el liderazgo?

El Mago contestó: La pregunta debería ser más bien: ¿Cómo nos dirigimos (lideramos) a nosotros mismos?

No entiendo. ¿Qué quieres decir?

Por ejemplo, ¿Cómo hiciste para levantarte de la cama esta mañana? ¿Te obligaste a ello de mala gana, por miedo a las consecuencias de llegar tarde a clase? O saltaste fácilmente de la cama diciéndote: ¡El día merece!

¡Mmmmmmm!”

Sólo cuando sepas cómo dirigirte valiéndote de la influencia que tengas sobre ti mismo, sabrás cómo dirigir a los demás


Carlos Sanz